KARAKORUM: VIAJE A LAS MONTAÑAS MÁS SALVAJES DEL MUNDO CON KIKO BETELU.
En 2024, una expedición singular recorrió uno de los territorios más remotos y salvajes del planeta: el Karakorum. Entre sus participantes se encontraba el médico navarro Kiko Betelu.
La revista Panacea 148 publica una entrevista con el Dr. Kiko Betelu que formó parte de la expedición junto al alpinista Juanito Oiarzabal y Sebastián Álvaro, creador del mítico programa Al filo de lo imposible. El objetivo: llegar hasta el campo base de la segunda montaña más alta de la tierra. Para ello, practicó un intenso entrenamiento durante diez meses.
Lo que parecía una travesía conmemorativa de la doble ascensión de Oiarzabal al K2 sin oxígeno, se convirtió en una experiencia límite. El grupo tuvo que tomar decisiones críticas tras varios accidentes mortales ocurridos en la montaña y afrontar un paso glaciar de 5.660 metros. Betelu eligió continuar. “En el Karakorum te enfrentas a tus miedos, y cuando sale bien, rejuveneces”
Tras la proyección de su documental en el Colegio de Médicos de Navarra, conversamos con él para profundizar en el lado humano —y médico— de este viaje que combina fascinación, riesgo y una intensa reflexión sobre los límites personales.
—¿El primer reto fue llegar hasta allí?
El K2 está en mitad de la cordillera del Karakorum, que es uno de los lugares más duros y aislados del mundo. Para llegar hasta allí hay que viajar por pistas de tierra durante 800 kilómetros, recorriendo las gargantas del Indo (la antigua ruta de la Seda), por el norte de Pakistán a escasa distancia de la frontera con Afganistán. Desde Skardu, último lugar habitado, atravesar en todo terreno 70 kilómetros de los desfiladeros del Braldo. Y a partir de ese momento, remontar durante una semana a pie, primero 30 kilómetros de una zona desértica y luego otros 60 subidos a la lengua del glaciar Baltoro, el segundo más largo del mundo fuera de los polos.
-¿Qué destacaría de este recorrido al corazón del Karakorum?
Caminar rodeados de las montañas más salvajes del planeta. Primero agujas graníticas verticales increíbles de 6.000 metros. Más adelante, esbeltas cumbres nevadas de 7.900 metros. Y finalmente llegamos a Concordia, a 4.600 metros de altitud. Una especie de meseta de hielo y rocas, donde se juntan una docena de glaciares, rodeada de quince o veinte picos, entre ellos el K2 de 8.611 metros, y otras tres montañas de más de 8.000 metros.
-En la charla trasmitías fascinación y dureza a partes iguales. ¿Qué recuerda con mayor fuerza?
Compartir ese trayecto con treinta personas, más unos pocos guías y unos cincuenta porteadores. Sabiendo que estamos aislados y sin posibilidad de apoyo exterior. Las marchas de 6, 7 y hasta 12 horas. Las tardes donde la temperatura se desploma y las noches en la pequeña tienda sobre el hielo, con la cabeza llena de preocupaciones intentando relajarnos y descansar. Y acordándome de mi nieto Liam, que cumplía dos años.
Decisiones difíciles en altura
—¿Y qué fue lo más duro emocionalmente y físicamente?
Estando bajo el K2 hubo que tomar la decisión de desandar los 90 kilómetros, o seguir adelante por un paso nevado de 5.660 metros de altitud, que resultaba algo más peligroso, pero un día más corto. Nos permitía, además, conocer otros valles y otras montañas. Mientras cada uno meditaba su decisión, en el cercano K2 se despeñan dos experimentados alpinistas japoneses. Y a la mañana siguiente mueren otros dos guías pakistaníes. Ni que decir que no ayuda. La mitad del grupo decidió volver. Con bastantes porteadores y las mulas. Yo decidí seguir. Y a partir de ese momento todo se convierte en una autopista de hielo azulado por la que avanzamos, ganando poco a poco altura, durante toda una jornada. Tres horas de descanso a 5.000 metros, sin que los nervios te permitan dormir; y tras tragar de mala manera una sopa y algo de pasta, a las 11 de la noche nos calzamos los crampones.
-¿Cómo fue la ascensión?
De noche, a la luz de las linternas frontales y ayudados de cuerdas fijas clavadas en el hielo, remontamos con calma las empinadas pendientes del paso del Gondogoro de 5.660 metros. Mejor que esté oscuro porque así no vemos los enormes bloques de hielo del tamaño de edificios, que tenemos sobre nuestras cabezas. Ya de día nos fotografiamos arriba. Contentos, pero aún tensos.
-¿Y el descenso?
Sin pérdida de tiempo nos dispusimos a destrepar los 700 metros vertiginosos que hay que bajar hasta el siguiente valle, asegurados a unas cuerdas fijas y mirando de reojo para evitar las piedras que caen de vez en cuando. Acabamos con los guantes destrozados, y los brazos y los nervios agotados. Cuando llegamos otra vez al siguiente glaciar y comenzamos a andar ya en un continuo y suave descenso, pensamos que todo lo duro había concluido. Llevábamos prácticamente dos días de marcha sobre el hielo, sin dormir. Nos quedaban tres días de jornadas de siete u ocho horas, pero cada vez más abajo, volviendo a ver algo de vegetación, eufóricos por lo logrado y ya claramente hacia la vuelta a casa.
Mirada médica y mirada humana
—Como médico, ¿tuvo una percepción distinta del riesgo? ¿Le ayudó de alguna manera?
A los viajes de aventura voy con un botiquín de emergencias. Para lo que pudiera pasarme a mí y para la gente con la que voy, que siendo médico de urgencias lógicamente me tocaría actuar. En ese sentido voy un poco más tranquilo, aunque también más consciente de algunos riesgos de los que quizás gente que no es sanitaria ni se los plantea. En este viaje, y en general en este tipo de viajes, sabes que las posibilidades de apoyo externo son escasas, así que hay que ser autónomo. Y sobre todo asumirlo con tranquilidad. De lo contrario no podrías ir.
-¿Compensa?
Es obvio que asumes ciertos riesgos y que si tuvieras algún problema grave de salud, estás mucho más vendido que si te ocurre aquí. Pero yo creo que compensa. En el sentido de que te enfrentas a tus miedos. Pones a prueba tu capacidad de autocontrol. Y cuando sale bien, de alguna manera te reafirmas. Rejuveneces. Tu autoestima se multiplica.
-¿Será tu último viaje?
Yo siempre digo que es el último. Pero en casa a mi mujer y a mis hijas nos encanta viajar. Y creemos que hay que vivir sin miedos. Así que la cabeza empieza otra vez a soñar.
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